viernes, 4 de noviembre de 2011

BARCELONA VS REAL MADRID.10/11.


Los de Guardiola medían el marcaje del Madrid e intentaba buscar los escasos huecos que ofrecía el conjunto madridista. La movilidad de Pedrito y Messi para enganchar con Xavi e Iniesta eran los primeros síntomas del equipo de Pep Guardiola que soltaba a Dani Alves como un delantero más. Dominaba el Barcelona y una vaselina mágica de Leo Messi pegó en el palo gracias a la mano que sacó un milagroso Casillas. Las cartas, a priori, estaban echadas y el Barça jugaba como siempre, mientras el Madrid defendía con todo el equipo.
Y en ese millón de piernas blancas, la genialidad del mediocampo culé –alma de todo equipo- terminó en el 1-0. El balón se movía de un lado a otro e Iniesta, por izquierda, vio que Xavi entraba por el lado opuesto, se la puso como con un guante y Xavi remató al desamparado Casillas. El Real Madrid debía cambiar el plan y no sólo apostar al contragolpe como tantos otros equipos hicieron en el Camp Nou.
A pesar de ello y del resultado adverso, el estilo de juego madridista seguía siendo peligroso siempre y cuando el Barcelona perdiera balones en zona peligrosa, algo que no sucedía pero aún así el Real Madrid esperaba su ocasión, más allá de alguna incursión de Cristiano y Di María.
Los culés no pasaban sobresaltos y estaba decidido a conseguir el segundo. Era 2-0 o empate, tal y como se desarrollaba el juego. Y fue 2-0 sin atenuantes: cambio de frente de Xavi para Villa, El Guaje encaró a Ramos, llegó hasta la línea del fondo y su centro fue empujado a gol por Pedrito. Era un canto al fútbol lo ofrecido por el Barcelona.
Los minutos pasaban y el ritmo del equipo local no bajaba mientras el Real Madrid pedía la hora porque ni Khedira ni Özil entendían cómo se juega contra Xavi, Busquets e Iniesta. Los merengues no tenían la pelota y en cada ataque del Barça reculaban más. Se olía la tragedia en las filas de Mourinho a cuyos equipos casi nadie le había marcado tres goles. El Barcelona iba a por ello y Leo Messi buscaba el lugar por donde matar a su rival mientras Casillas le ganaba un mano a mano a Pedrito. La superioridad catalana era absoluta.
El primer tiempo se fue con la incuestionable verdad de que el Barcelona, fiel a su estilo, fue tremendamente mejor. El Real Madrid, como todos los equipos de Mou en partidos grandes, apostó por el bloque defensivo y el contragolpe para ganar. No le salió y su inferioridad fue insultante con respecto a la historia blanca, aunque consecuente con los tiempos que vivimos en los últimos clásicos.


La respuesta que dio José Mourinho al baile que le estaba dando el Barça, fue sacar a Özil, transparente, para meter al mediocentro defensivo Lass. A pesar de ello, la tromba local no paraba y Villa tuvo el tercero pero salvó Ramos bajo palos. El vigente campeón de liga jugaba según el guión planteado y tantas veces exitoso, mientras el Real Madrid daba la sensación de aspirar a no salir goleado del Camp Nou. Xavi, a pase magistral de Leo, pudo sentenciar, pero tiró fuera con Casillas vencido. Continuaba el paseo.
Tanto fue el cántaro a la fuente que Leo Messi metió un pase de oro para David Villa, ese que para Mourinho no le metía un gol a nadie, quien sentenció con un remate cruzado ante la desesperada salida de Íker. El 3-0 era contundente y justo, pero no definitivo, porque Leo, una vez más, cogió a la defensa del Madrid saliendo y con un enorme pase de gol dejó solo a Villa para el 4-0 y la fiesta total. Había nuevo líder y todavía es noviembre.
El 5-0 fue una metáfora de la justicia: la cantera, con pase de Bojan y remate de Jeffren, nos enseñaba a todos cómo se trabaja cuando se cree en el futuro, en una idea y en el coraje para llevarla hasta el final. El Real Madrid fue una continuación de las declaraciones de su entrenador y de la soberbia que, visto lo visto, no estuvo a la altura de la pequeña imagen dada por sus jugadores. El Barcelona y Pep Guardiola siguen siendo los mejores y, paradójicamente, nunca lo dicen. Amén.



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