viernes, 16 de septiembre de 2011

LIVERPOOL VS ROMA.FINAL COPA DE EUROPA 1984.


En el Liverpool se cerraba una etapa en mayo de 1983 cuando el legendario Paisley dejaba el banco, cerrando un espectacular ciclo con entre otras cosas tres Copas de Europa conquistadas. Le sustituía Joe Fagan, que cogía un equipo en el que las viejas glorias del pasado como Hansen, Dalglish o Neal tocaban a su fin, mientras que emergían dos jugadores llamados a besar la gloria: el galés Ian Rush y el portero  y gran protagonista de esta final el sudafricano de Durban, Bruce Grobbelaar.
En principio, el gran favorito de aquella finalísima del 30 de mayo era la Roma. Jugaba en casa y tenía ante sí la gran oportunidad de acabar de golpe con el abrumador dominio que el fútbol inglés ejercía en la máxima competición continental. Sin embargo, cuenta la leyenda que cuando los ingleses de vuelta de Bucarest con el pase a la final en el bolsillo se enteraron de su rival, todos al unísono comenzaron a vitorear el nombre de la Roma. Estaban convencidos de que iban a ser los primeros en ganar una Copa de Europa a domicilio.


Llegó el día. En la charla previa al partido se dice que Joe Fagan se dirigió a sus hombres con una breve frase: “Jugarán con once para no partir con desventaja. Nosotros debemos pasársela a uno con camiseta roja, atrás rompernos los cojones y si se puede, cuando estemos cerca del área, chutar y marcar un gol”. Se lo tomaron al píe de la letra los británicos, que salieron enchufados y no tardaron en adelantarse merced a Phil Neal. Puzzo hizo la igualada y así se llegó al final de un encuentro que no fue precisamente vistoso. Tras una intensa y dura prorroga llegaron los temidos penaltis. Por primera vez en la historia, la Copa de Europa se decidiría desde los once metros.
Y llegó el espectáculo. Después de siete penaltis tirados, el Liverpool ganaba 3-2. Era el turno de los italianos. Graziani se preparaba y mientras tanto Grobbelaar, que ya se había ganado el cartel de personaje, por su extravagancia y por ser capaz de lo mejor y lo peor, comenzó a hacer un extraño baile, se tambaleó de un lado a otro, como si las rodillas le hicieran estragos… Sus aparatosos movimientos pusieron nervioso al italiano y su disparo se fue a las nubes. Es cierto que Grobbelaar no paró el lanzamiento, pero que duda cabe que contribuyó tremendamente al fallo.
Si el Liverpool marcaba se llevaba el título. El encargado de hacerlo era Kennedy. Se trataba de un excelente defensa, que dos años antes había dado con un centro que finalmente fue a portería la tercera Copa de Europa en la final de París ante el Madrid. Lo cierto es que no sabía pegarle al cuero, ni siquiera pasar. Por eso todo el mundo se echó las manos a la cabeza cuando se apuntó a lanzar el quinto penalti al comienzo de la tanda. Finalmente se impuso su cabezonería y sus compañeros acabaron cediendo. En sus botas estaba la final. Disparó y, como ocurriera en su día en París, lo hizo mal, tirando con el tobillo, pero engañando a Traziani. Gol y campeonato.
El Liverpool de ese modo salía airoso de una auténtica encerrona que le prepararon en Roma. En el hotel de concentración a los jugadores les hicieron la vida imposible, el ambiente en las gradas fue infernal… Todo dio igual. Como ocurriera en la misma ciudad cuatro años antes con su primera Copa de Europa, los Red volvieron a cantar victoria, forjando de forma definitiva su leyenda en el viejo continente. Copa de Europa que, ojo, se dejó olvidada en una tienda del aeropuerto un joven Michael Robinson, que en aquella final tuvo sus minutos de gloria, sustituyendo al mítico Dalglish. Finalmente, claro, la recuperó, tras darse cuenta en el avión del olvido. Vamos, como para darle un recado.


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