miércoles, 21 de septiembre de 2011

ESPAÑA VS DINAMARCA.EUROPEO 84.SEMIFINAL.


Lerby

Ambos conjuntos se presentaban en el estadio Gerland con dos escuadras de máximo nivel. En el equipo de Piontek, destacaban delante dos nombres propios: un jovencísimo Michael Laudrup, que en aquella época oficiaba de segundo delantero, y Preben Elkjaer-Larsen, un matador con todas las letras que saltaría al estrellato dos años después, en México, y que al final acabó quedándose en algo menos de lo que se esperaba. En el centro del campo mezclaban a la perfección la capacidad física de Lerby, la potencia del perro de presa Berggreen y la creatividad de Arnesen, y atrás Morten Olsen, el capitán, ejercía de jefe de la zaga. Los nórdicos traían el cartel de favoritos, tras haber despedazado a los yugoslavos (5-0) y haberle levantado a los belgas un 0-2 que les dejaba fuera; ocho goles en dos partidos hablan con suficiente claridad del arsenal ofensivo de la dinamita roja.
Enfrente, sin embargo, estaba una selección española que seguramente no sería la mejor, ni la más técnica, ni que la desarrollaba un juego más vistoso, pero que poseía una competitividad y una garra como principal característica.. No era extraño en un equipo cuya columna vertebral la constituían Camacho (grandioso marcador y alma de las grandes remontadas del Madrid), un todoterreno como Víctor Muñoz, Gordillo de lanza en el flanco, el poderío del central Antonio Maceda y la cabeza de oro de Santillana. Fueron los héroes de la increíble goleada a Malta, y habían llegado al extremo sin precedentes en el fútbol español de plantar cara  físicamente, en un segundo tiempo prodigioso, a una Alemania donde formaba gente como Brehme, Stielike, Rummenigge o Briegel.
Así estaban las cosas cuando echó a rodar el balón. El partido se inclinó muy rápido, pues a los seis minutos marcaban Sören Lerby. Muñoz había diseñado un sistema defensivo con Camacho sobre Laudrup, Salva sobre Elkjaer y el dinámico Julio Alberto pendiente del cerebro Arnesen, pero el primer tiempo el dispositivo del entrenador español funcionó sólo a medias. Antes del descanso Dinamarca gozó de otra gran oportunidad, otra vez por medio de Lerby, y el más destacado por el bando español había sido Arconada.

Tras la reanudación el panorama cambió; España se hizo con el control de partido, y comenzó a imponer su mejor condición física para desequilibrar el choque. Fruto de ese dominio llegó el gol del empate, de nuevo conseguido por Maceda, suerte de Mesías español en el campeonato galo. Aunque el combinado español siguió presionando, ya no se movería el marcador en un partido disputado, pero no demasiado duro: el árbitro inglés Courtney fue acusado veladamente por ambos equipos de cargar de tarjetas a los jugadores apercibidos para allanar el camino de Francia en la final.

La prórroga no resolvió nada, con dos equipos fundidos, y sólo dejó una segunda tarjeta amarilla para el medio danés Berggreen. Así pues, la decisión se sometió a la ruleta de los penaltis, donde ambos equipos manifestaron su carácter y embocaron sus cuatro primeros lanzamientos. En el quinto, el punta Elkjaer mandó la pelota a las nubes, y dejó la responsabilidad a pies de Manu Sarabia, quizá el jugador más técnico del plantel hispano. El vasco no falló, y garantizó a la selección el subcampeonato de Europa. Dinamarca recogería la recompensa a su juego brillante y divertido ocho años después.
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